A LA MUSA DEL OBSERVATORIO
Tu voz quedó flotando leve
con la sutileza de aquella luna náufraga
que vimos entregándose al mar para ser devorada.
Era preciosa la noche.
¿Te acuerdas? Hacía frío.
Y un perro resignado como esa misma Luna
dormía su tristeza al lado de su amo.
Tú, la poeta presta a volar de nuevo
con su nostalgia marinera
echada a andar con pasos dolientes
por el dorado camino que en las olas abría
ese galeón disfrazado de luna
gitana sideral
bajel recargado de sol
maravilloso melón celeste que se hundía sin prisas.
Tú, la mujer exquisita con el amor intacto
como las porcelanas chinas de un naufragio
has dejado un dolor insepulto
una orfandad sin nombre en mi alma y la noche.
Yo, poeta recién nacido
sabedor de los códigos de dolor y belleza
del amor y locura.
Yo, gitano sin madre ni tierra
que ha conocido lo patético de la trena
y morir de celos por la que ya no es mía.
Yo, tu amigo de siempre lloro de tristeza
y evoco las tarde de sol y de olas.
¿Sabes preciosa?
La otra noche Saturno preguntó por tí.
Y díjome ¿Qué es de aquella deliciosa loca
que por verme danzar en los tablaos del cielo
gritaba de tal forma?
Ya no está, respondí.
Sus ojos febriles de trópico y Andes
se han ido a colorear de magia
los pinares del Guadaíra.
Su voz profunda amarga y dulcísima
latigazos metálicos o chocar cristalino de copas de champán
solemne conmovida y alegre
se ha ido a poner una nota dulce
un acorde engendrado en América
al pentágrama de campanas de España
¿Volverá?
Ya vino. Vuelve cada vez que tengo que descifrar
las voces y presagios que me acosan.
Francisco Alberto Mahecha, Downey, California 1989
Visitamos juntos el Observatorio Astronómico de Los Ángeles una noche de final de 1988
en que Saturno estaba más cerca de la Tierra. .