viernes, 19 de abril de 2013

LAURO GANDUL Y OLGA DUARTE


MARÍA DEL ÁGUILA

Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

Por las calles de Alcalá camina esta señora. Luego la vemos en la biblioteca. Siempre donde una lectura, donde una exposición, donde una conferencia. Siempre activa: sonora. Otra con su porte no hallamos en estos cerros. De oscuro, que no de luto, va ataviada esta hermosa señora que tanto sabe de la muerte y de la vida, de la vida y de la muerte. Esta señora profunda tiene la voz muy dulce. A veces, grave es su voz también. Muy niña descubrió los libros y leyó. Leyó desde muy niña porque supo que las páginas de los libros contienen lo que importa y aprendió que hay un camino que seguir guiado por las palabras de los cuentos, de los cantos, de los poemas; y sintió que ella había de continuar con las palabras y escribir, escribir, porque otra cosa no le quedaba, vivir escribiendo, escribiendo una vida.
María del Águila nos espera, puntual, bufanda roja al cuello y sobre zapatos rojos de tacón. Nos sonríe, nos besa y se viene con nosotros a contarnos que nació en la Carretera de Bailén, no muy lejos del cerro de Calderón Ponce, donde jugaba con otros niños cuando ella era una niña pequeñita que corría por el albero de las calles. Los jardines de aquellas casas residenciales se asomaban con árboles copudos y densas trepadoras dominando, por cima de las tapias, las rejas; y regalaban la sombra en las aceras. ¿De quién es esta niña? -pregunta una dama a otra dama-. Las elegantes damas de la burguesía sevillana, que vestían a sus niñas como angelitos, preguntan a aquella chiquilla menuda: -Hija, ¿quién es tu mamá? María del Águila ya no tenía mamá. Muy poco tiempo después tampoco tendría papá. Con diez añitos en el orfelinato entre monjas que disfrutan escuchando su voz recita versos. Pero ella, si llora es en silencio, ante nadie. Ante los demás ella no llora, canta, sueña metáforas, construye versos: es literaria y ya siempre literatura. Siempre ocupada con las palabras.    
Para responder sobre el origen de esa pasión suya está su padre vivo en su memoria leyendo El Quijote de la biblioteca escondida detrás del ropero. Aquellos libros que había que ocultar en unos años oscuros cuando mandaban individuos con pistola y bigote finito a quienes no les gustaban los hombres pobres que tenían y leían libros. Ya supo María del Águila que la literatura era un secreto. La verdad había que guardarla detrás del ropero y allí estaban el ingenioso hidalgo, Sancho Panza y su borrico, Dulcinea, las ventas de los caminos.
La niña de juegos y de fantasías es ya una muchacha que decide hacerse a sí misma. Escribe su autobiografía infantil a los dieciocho años, publica poemas en revistas y en el año 63 recita en “Noches del Baratillo” su poema “Testamento” (Mi mejor traje lo regalas/ a aquella amiga nuestra, fea y triste./ Échate mi pañolón al cuello,/ y cada tarde pones el disco de mis risas.). Poco después, en 1.964 publica “Voz profunda, amarga y dulcísima”.
Como si estuviera escrito conoce en 1.965 a László Tepper, húngaro exilado en Suiza tras la revolución de 1.956, que será su primer y gran amor. Le conoce en Sevilla una tarde divina de baños y gracia, de piel, huesos y risas. Dos años después habrá de partir. Nos refiere que pasados los Pirineos tan sólo “se quebró la losa sepulcral de la España que dejaba y esa noche me sentí etérea”. Se instalan en Zurich donde viven desde 1.967 a 1.969, luego en Turín, Marsella y Los Ángeles. Española errante, o alcalareña cosmopolita, María del Águila, ave ya desde su nombre, ave capaz y anhelante, henchida de juventud y belleza, salvada para siempre. 

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