MARÍA DEL ÁGUILA
Por Lauro
Gandul Verdún y Olga Duarte Piña
Por las calles de Alcalá camina esta señora. Luego
la vemos en la biblioteca. Siempre donde una lectura, donde una exposición,
donde una conferencia. Siempre activa: sonora. Otra con su porte no hallamos en
estos cerros. De oscuro, que no de luto, va ataviada esta hermosa señora que
tanto sabe de la muerte y de la vida, de la vida y de la muerte. Esta señora
profunda tiene la voz muy dulce. A veces, grave es su voz también. Muy niña
descubrió los libros y leyó. Leyó desde muy niña porque supo que las páginas de
los libros contienen lo que importa y aprendió que hay un camino que seguir
guiado por las palabras de los cuentos, de los cantos, de los poemas; y sintió
que ella había de continuar con las palabras y escribir, escribir, porque otra
cosa no le quedaba, vivir escribiendo, escribiendo una vida.
María del
Águila nos espera, puntual, bufanda roja al cuello y sobre zapatos rojos de
tacón. Nos sonríe, nos besa y se viene con nosotros a contarnos que nació en la
Carretera de Bailén, no muy lejos del cerro de Calderón Ponce, donde jugaba con
otros niños cuando ella era una niña pequeñita que corría por el albero de las
calles. Los jardines de aquellas casas residenciales se asomaban con árboles copudos
y densas trepadoras dominando, por cima de las tapias, las rejas; y regalaban
la sombra en las aceras. ¿De quién es esta niña? -pregunta una dama a otra
dama-. Las elegantes damas de la burguesía sevillana, que vestían a sus niñas
como angelitos, preguntan a aquella chiquilla menuda: -Hija, ¿quién es tu mamá?
María del Águila ya no tenía mamá. Muy poco tiempo después tampoco tendría
papá. Con diez añitos en el orfelinato entre monjas que disfrutan escuchando su
voz recita versos. Pero ella, si llora es en silencio, ante nadie. Ante los
demás ella no llora, canta, sueña metáforas, construye versos: es literaria y
ya siempre literatura. Siempre ocupada con las palabras.
Para responder
sobre el origen de esa pasión suya está su padre vivo en su memoria leyendo El
Quijote de la biblioteca escondida detrás del ropero. Aquellos libros que había
que ocultar en unos años oscuros cuando mandaban individuos con pistola y
bigote finito a quienes no les gustaban los hombres pobres que tenían y leían
libros. Ya supo María del Águila que la literatura era un secreto. La verdad
había que guardarla detrás del ropero y allí estaban el ingenioso hidalgo,
Sancho Panza y su borrico, Dulcinea, las ventas de los caminos.
La niña de
juegos y de fantasías es ya una muchacha que decide hacerse a sí misma. Escribe
su autobiografía infantil a los dieciocho años, publica poemas en revistas y en
el año 63 recita en “Noches del Baratillo” su poema “Testamento” (Mi mejor
traje lo regalas/ a aquella amiga nuestra, fea y triste./ Échate mi pañolón al
cuello,/ y cada tarde pones el disco de mis risas.). Poco después, en 1.964
publica “Voz profunda, amarga y dulcísima”.
Como si
estuviera escrito conoce en 1.965 a László Tepper, húngaro exilado en Suiza
tras la revolución de 1.956, que será su primer y gran amor. Le conoce en
Sevilla una tarde divina de baños y gracia, de piel, huesos y risas. Dos años
después habrá de partir. Nos refiere que pasados los Pirineos tan sólo “se
quebró la losa sepulcral de la España que dejaba y esa noche me sentí etérea”.
Se instalan en Zurich donde viven desde 1.967 a 1.969, luego en Turín, Marsella
y Los Ángeles. Española errante, o alcalareña cosmopolita, María del Águila,
ave ya desde su nombre, ave capaz y anhelante, henchida de juventud y belleza,
salvada para siempre.